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20MINUTOS.ES - Salud

Noticias de Salud en 20MINUTOS.ES
  1. Qué pasa si comes frutos rojos cada día

    Los frutos rojos o frutos del bosque forman un grupo de alimentos comestibles entre los que se encuentran las moras, los arándanos, las frambuesas, las fresas, las ciruelas o las cerezas, entre otras muchas frutas que crecen en pequeños árboles o arbustos y que, en la actualidad, se cultivan.

    Comer frutos rojos aporta diferentes nutrientes esenciales para el correcto funcionamiento del organismo, por lo que es muy beneficioso su consumo diario, algo a aprovechar, sobre todo, cuando están de temporada.

    Uno de los ejemplos de frutos rojos más conocidos son las fresas, cuya temporada va desde el inicio de la primavera y hasta bien entrado el verano. Esta fruta, que tiene bajo contenido energético, aporta vitamina C, antocianinas y ácidos orgánicos, según la Fundación Española de Nutrición (FEN).

    Aunque la naranja es la fruta más conocida a la hora de hablar de vitamina C, lo cierto es que las fresas aportan mayor cantidad de este nutriente. También son fuente de diversos ácidos orgánicos, entre los que destacan: el ácido cítrico,

    ácido málico, oxálico, y también contienen pequeñas cantidades de ácido salicílico.

    Por último, es una de las frutas con mayor capacidad antioxidante, por la presencia de antocianinas, sino también a la presencia en su composición de polifenoles y de la vitamina C, que contribuye a la protección de las células frente al daño oxidativo.

    El principal componente de las ciruelas es el agua, al igual que en la mayoría de frutos, y aunque no es relevante el aporte de vitaminas, contiene Vitamina E y provitamina A. Además, viene bien para problemas digestivos como el estreñimiento, ya que destaca la presencia de sorbitol, de leve acción laxante.

    Sí que es fuente de minerales, siendo el más elevado el potasio. Además, aportan ácidos hidroxicinámicos, así como destacar por su actividad antioxidante.

    Las moras, al igual que otras frutas, tienen poco contenido energético, pero aportan un alto contenido de fibra. Son fuente de vitamina C y vitamina E. De hecho, una ración de moras cubre el 30% de las ingestas recomendadas de esta última vitamina.

    Sin embargo, lo que hace de la mora una fruta valiosa son sus grandes cantidades de pigmentos naturales (antocianósidos y carotenoides) de gran poder antioxidante, según la FEN.

    Su estacionalidad comprende únicamente el tiempo que va desde el inicio de primavera y hasta el principio de verano, un periodo corto en comparación con otras frutas. De hecho, este es el único fruto de hueso no climatérico, lo que quiere decir que si se recolecta antes de tiempo no madura fuera del árbol.

    Entre sus beneficios, aporta cantidades considerables de fibra, que mejora el tránsito intestinal, y en pequeñas cantidades, también contiene vitamina C, tiamina, folatos y provitamina A. Por último, tiene cantidades importantes de potasio y en menor proporción, magnesio, hierro, fósforo y calcio.

    La mayoría de las variedades son de verano y, al igual que las anteriores, destaca por su alto contenido en fibra. También es fuente de vitamina C y folatos. Una ración de frambuesas aporta el 80% de las ingestas diarias recomendadas de esta vitamina C, según FEN.

    En las frambuesas, cabe destacar, además, su alto contenido en compuestosfenólicos (monofenoles, polifenoles y flavonoides) entre los que se encuentran las antocianinas, cianidinas, elagitaninos, ácido elágico e hidroxicinamatos, que junto a la vitamina C, hacen de este alimento una gran capacidad antioxidante.

    Este fruto rojo, aunque menos común, es perfecto para el verano, ya que su estacionalidad se centra en los meses de agosto y septiembre. Además, es fuente de fibra y vitamina C, siendo las negras más ricas en esta vitamina que las rojas. De hecho, una ración de grosellas cubre el 90% de las ingestas recomendadas de esta vitamina.

    En cuanto a los minerales, posee cantidades considerables de potasio y hierro. Las grosellas son también ricas en sustancias polifenólicas, como los flavonoides.

  2. ¿Qué es el síndrome inflamatorio multisistémico? Y ¿Cómo se relaciona con la Covid-19?

    En casos raros, los adultos que se han recuperado de la COVID-19 pueden desarrollar un síndrome inflamatorio multisistémico, y los médicos deben considerar esta posibilidad en adultos con síntomas específicos, como describen los médicos en un caso publicado en el 'Canadian Medical Association Journal' (CMAJ).

    Un hombre de 60 años, que había dado positivo en la prueba del SARS-CoV-2 cuatro semanas antes, acudió al hospital por una serie de síntomas, como dificultad respiratoria prolongada, fiebre alta, hinchazón y fatiga grave. Las pruebas detectaron un agrandamiento del corazón y una inflamación de los pulmones, así como otros problemas.

    "Dados los antecedentes recientes de la paciente de infección por SARS-CoV-2, las fiebres sin síntomas localizados, los cambios en la mucosa oral, la linfadenopatía cervical, la conjuntivitis y los cambios en las extremidades inferiores, sospechamos que se trataba de un síndrome inflamatorio post-CoVID-19", escriben los doctores Genevieve Kerkerian y Stephen Vaughan, especialistas en enfermedades infecciosas del Departamento de Medicina de la Facultad de Medicina Cumming de la Universidad de Calgary (Canadá).

    Según señalan, "la presentación era similar a los casos notificados de una complicación infrecuente pero grave en niños y adolescentes infectados por el SARS-CoV-2, denominada síndrome inflamatorio multisistémico en niños (MIS-C), así como a la enfermedad parecida a la de Kawasaki". La pronta iniciación de la medicación ayudó a la paciente a recuperarse.

    Los casos anteriores del síndrome en adultos se han documentado en personas menores de 50 años. Los autores sugieren que la edad no debe limitar el diagnóstico potencial.

    Se desconoce mucho sobre el síndrome inflamatorio multisistémico en adultos (MIS-A). "A diferencia de lo que ocurre con el SMI-C, en la actualidad no es obligatorio notificar los casos de SMI-A a las autoridades provinciales o estatales, pero debería fomentarse para facilitar la investigación y mejorar los resultados de los pacientes", concluyen los autores.

  3. ¿Cuántos olores podemos detectar? La ciencia aún no tiene una respuesta definitiva

    El olfato es parte de los cinco sentidos 'externos' que tenemos los humanos y, como tal, uno de los primeros que nos vienen a la cabeza a la hora de enumerarlos. De hecho, lo tenemos tan presente que cuidamos mucho nuestro propio olor y no salimos de casa sin perfumarnos.

    De hecho, el sentido del olfato cumple una importante función evolutiva, quizás más aparente en otras especies de animales: nos permite evaluar la calidad y el estado de los alimentos, identificar amenazas (como sustancias dañinas en el ambiente, humedad excesiva o la cercanía de fuego) e incluso juega un papel en ciertas formas de comunicación entre individuos, al poder detectar ciertas hormonas emitidas por otros que nos informan sobre diversos aspectos como su estado físico.

    No obstante y a pesar de ello, quizás es uno de los más desconocidos para la ciencia, hasta el punto en el que a día de hoy aún no está claro cuantos olores diferentes puede distinguir el ser humano.

    El olfato es uno de los dos sentidos químicos que poseen los humanos, junto al gusto, Es decir, a diferencia del tacto o el oído, que perciben estímulos mecánicos, o la vista, que percibe un estímulo electromagnético, el sentido del olfato permite a nuestro cuerpo identificar diferentes moléculas de sustancias volátiles.

    Esto es posible gracias a una serie de proteínas que poseemos en el interior de las fosas nasales y que actúan como receptores específicos para distintas sustancias; se cree que los mamíferos pueden expresar hasta 1000 proteínas diferentes para este fin, cada una capaz de identificar una molécula concreta.

    Así, cada uno de estos aproximadamente 1000 receptores distintos daría lugar a un olor, creando una gama de olores que llamamos primarios.

    No obstante, la cifra se incrementa cuando tenemos en cuenta que estos olores primarios se pueden combinar entre ellos, de ahí que la cantidad concreta de olores distinguibles sea tan difícil de estimar. La cifra comúnmente aceptada se sitúa cerca de los 10.000; sin embargo, un estudio de la Universidad Rockefeller de Nueva York elevó el número al billón.

    Con todo, lo más complicado está en establecer cuáles de estos olores son distinguibles entre sí, una cuestión en la que interviene de forma prominente la subjetividad de cada individuo.

    Aún así, ha habido intentos de simplificar este abanico agrupando los olores en categorías básicas. Una de ellas, por ejemplo, propone 10 'cajones': fragante/floral, leñoso/resinoso, frutal no cítrico, mentolado/refrescante, dulce, quemado/ahumado, cítrico, podrido y acre/rancio. Sin embargo, muchos científicos la han considerado poco satisfactoria, ya que no atiende a diferencias entre distintos olores dentro de cada grupo.

    Por tanto, aún tendremos que esperar para tener una respuesta definitiva al número de olores que el ser humano es capaz de percibir; lo que sí parece cierto es que son muchos más de los que podríamos creer en un principio.

  4. La sedación paliativa, el método que ayuda a aliviar los síntomas que no se pueden anular con el tratamiento habitual
  5. Así es la ELA: signos de esta enfermedad neurodegenerativa que sigue sin tratamiento curativo eficaz

    La esclerosis lateral amiotrófica (o ELA) es una enfermedad del sistema nervioso central que se caracteriza por "una degeneración progresiva de las neuronas motoras en la corteza cerebral, tronco del encéfalo y médula espinal", explican desde la Asociación Española de la Esclerosis Lateral Amiotrófica.

    Se trata, por tanto, de una enfermedad que se incluye dentro de las neuromusculares y que puede provocar una parálisis muscular de forma progresiva que se extiende de unas zonas del cuerpo a otras. De tal manera que afecta a "la autonomía motora, la comunicación oral, la deglución y la respiración, aunque se mantienen intactos los sentidos, el intelecto y los músculos de los ojos".

    Descrita por primera vez por el doctor de origen francés Jean Martin Charcot en el año 1869, supone la tercera enfermedad neurodegenerativa más frecuente en España por su incidencia, después de la demencia y la enfermedad de Párkinson, según la Sociedad Española de Neurología (SEN). Actualmente, cerca de 3.000 personas padecen esta enfermedad a nivel nacional y cada día se suelen detectar tres nuevos casos.

    La ELA se puede desencadenar a cualquier edad y afectar a cualquier grupo muscular al ser imprevisible. Sin embargo, la edad media de inicio se sitúa entre los 60 y 69 años, y generalmente afecta a personas con edades comprendidas entre los 40 y 70 años, siendo más frecuente en hombres. En la mayoría de casos, la enfermedad comienza en el grupo de músculos que "controlan el habla, la deglución y la masticación o en los músculos de las extremidades", añaden en la SEN.

    "La enfermedad se suele manifestar con debilidad muscular, torpeza, disminución de la masa muscular y/o calambres. También puede afectar al habla o a la deglución o producir síntomas respiratorios en su debut clínico", explica la doctora Nuria Muelas, coordinadora del Grupo de Estudio de Enfermedades Neuromusculares de la Sociedad Española de Neurología.

    Los primeros síntomas de la enfermedad pueden ser leves e incluso pasar desapercibidos o no relacionarlos, pero a medida que avanza los más frecuentes son los siguientes:

    De esta manera, al inicio de la enfermedad "una persona podría experimentar tropiezos en los bordes de alfombras, otra podría tener dificultad para levantar objetos y el síntoma inicial de una tercera persona podría ser tartamudear", según la Asociación ALS de EE. UU.

    Asimismo, el avance de la enfermedad también varía de un paciente a otro y la tasa media de supervivencia es de tres a cinco años, aunque muchas personas con ELA pueden vivir 10 años o más. Además, "en un número reducido de personas, se ha sabido que la ELA ha entrado en remisión o detenido su avance, aunque no se entiende científicamente cómo y por qué ocurre esto", añaden.

    Como detalla la SEN, la ELA sigue siendo una enfermedad muy desconocida y los únicos factores de riesgo más relevantes son ser hombre y tener una edad más avanzada. Por tanto, se trata de una patología que aparece de forma esporádica y cuyo origen puede ser multifactorial.

    "También hay algunos estudios que apuntan a ciertas infecciones, a la exposición al tabaco o a materiales pesados y/o pesticidas o haber realizado actividades físicas intensas de forma continuada" pueden ser considerados como factores que incrementan el riesgo de padecer la enfermedad

    En este sentido, solo en un 5 o 10% de los casos existe un patrón o componente hereditario. "Se sabe de la existencia de una enzima genéticamente probada, la SOD-1 (superóxido dismutasa-1) que está involucrada en la aparición de algunos casos de ELA familiar", destacan desde la Asociación Española de Esclerosis Lateral Amiotrófica.

    Es una enfermedad que suele tener un pronóstico grave, ya que no existe cura ni tratamiento eficaz que retrase su avance. En este sentido, cerca del 95% de los pacientes con ELA fallecen después de 10 años de evolución de enfermedad.

    Además, "es una enfermedad que conlleva una gran carga de discapacidad y dependencia", añaden en la SEN. No solo tiene asociada una grave degeneración muscular, sino también problemas neuropsicológicos y una disfunción disejecutiva. No tiene cura, pero existen una serie de tratamientos que pueden prolongar la calidad de vida de la persona que sufre ELA y que tienen como objetivo reducir los calambres musculares, la fatiga o el dolor.